Hay algo inquietante —y fascinante— en hablar con una IA durante demasiado tiempo.
Empieza como algo simple. Una pregunta. Luego otra. Y otra más. Sin darte cuenta, entras en una especie de bucle. Como una rueda de hámster mental. No porque la máquina te obligue, sino porque cada respuesta genera una nueva curiosidad. Y esa curiosidad te empuja a seguir.
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