Douglas Adams ya nos dejó la respuesta. 42.
Y me parece estupenda. Porque intentar resumir toda la existencia en una pregunta y esperar una respuesta que nos sirva a todos es, como poco, ingenuo.
Pero antes de llegar al universo, vamos a algo más cercano.
Yo quiero salud, comida, cama, familia y tiempo para disfrutar.
Parece una petición bastante modesta.
Luego miro las horas de trabajo, las facturas, las obligaciones y todo lo que necesito mantener para que esa vida funcione.
Y empiezo a preguntarme cuánto tiempo dedico a vivirla.
Creamos una sociedad para protegernos. Ahora necesitamos dedicar buena parte de nuestra existencia a sostener nuestra posición dentro de ella.
El monstruo que construimos
Un mundo feliz plantea una inquietud: podemos aceptar una vida organizada por otros si estamos suficientemente satisfechos.
Lo curioso es que podríamos acercarnos a algo parecido.
Hay personas y empresas con muchísimo poder. Sus decisiones tienen responsables. Pero también participamos millones de personas intentando conservar el trabajo, mejorar nuestros ingresos o proteger a nuestra familia mientras generamos ese tipo de sociedad.
Cada movimiento tiene una explicación.
El resultado conjunto puede acabar siendo una maquinaria que seguimos alimentando aunque nos desgaste. E incluso parte de la población necesita esa sustancia, usemos “soma”, para poder seguir adelante.
El monstruo camina solo. Y todos tenemos algo que perder si dejamos de empujarlo.
El precio de pertenecer
Convivir exige límites. También nos permite cuidarnos y construir cosas que individualmente serían imposibles.
La pregunta es cuánto entregamos a cambio.
Algunas renuncias expresan lo que queremos: cuidar a un hijo, acompañar a alguien, compartir responsabilidades. Otras se acumulan por miedo, costumbre o expectativas heredadas. Hasta el punto de que cuesta distinguirlas.
Entonces aparece el malestar. Y necesitamos aliviarlo. Pero también necesitamos poder preguntar qué lo produce.
Ayudarnos a soportar una vida debería ir acompañado de la posibilidad de cambiarla.
¿Cuánto es suficiente?
Tengo casa, salud, comida. Tengo una vida digna. Otras personas necesitan dos trabajos para sostener lo básico.
Reconocerlo limita mis generalizaciones. Y me deja una guía para saber quién soy y qué necesito.
¿Cuánto dinero necesito realmente? ¿Qué gastos elegiría si nadie pudiera verlos? ¿Qué obligaciones siento como mías? ¿Cuánto tiempo quiero conservar para estar, jugar, crear o sencillamente no hacer nada?
Incluso mis sueños merecen revisión. Alguno podría haberse convertido en otra jornada laboral con un nombre más bonito.
Y volvemos al 42
¿Quién eres? ¿Qué valoras? ¿Qué hace que para ti merezca la pena estar aquí?
La pregunta sobre el sentido necesita ese contexto.
Hay miles de millones de vidas buscando sentidos diferentes, cambiantes e incluso contrapuestos. Lo que sostiene la tuya puede resultar irrelevante para otra persona.
Quizá llevamos demasiado tiempo persiguiendo respuestas disponibles —éxito, dinero, reconocimiento— sin aclarar qué queríamos preguntar.
42 sigue pareciéndome una respuesta estupenda.
Ahora falta decidir qué significa vivir para nosotros.