Llevo años aprendiendo a hacer cosas. Diseñar. Programar. Fotografiar. Resolver problemas.

Y ahora veo a una máquina hacer en segundos tareas que a mí me costaron años de práctica.

Todavía dirijo, elijo, corrijo. Todavía orquesto.

Pero aparece una pregunta incómoda: ¿durante cuánto tiempo?

Y detrás viene otra que cuesta más reconocer:

¿Quién soy si lo que sé hacer deja de ser necesario?

Sé que no necesito justificar mi existencia. La vida ya es válida por sí misma. Pero vivimos en una sociedad donde la profesión ocupa un espacio enorme en nuestra identidad. Nos presentamos diciendo a qué nos dedicamos. Medimos el éxito mediante ingresos, capacidades y reconocimiento.

Nos enseñaron a esforzarnos. A especializarnos. A convertirnos en alguien.

Ahora parece que algunas de esas reglas están cambiando mientras seguimos jugando.

Te sustituyo por tokens

Esa frase resume mi miedo.

Años de formación, experiencia y oficio frente a un coste de procesamiento.

No sé hasta dónde llegará la sustitución. Tampoco creo que cada demostración impresionante equivalga a una profesión resuelta. Pero la incertidumbre ya está aquí: cuesta planificar una carrera cuando también cambia lo que podría hacer falta mañana.

Lo extraño es que deseo parte de esta transformación.

Quiero herramientas mejores. Quiero crear sin pasar semanas peleándome con obstáculos. Quiero disfrutar de la vida.

Me entusiasma quitar la fricción. Me inquieta descubrir cuánto de mi identidad estaba construido alrededor de superarla.

Una jubilación sin pensión

Quizá estamos anticipando el desconcierto de quien se jubila y descubre que ya no sabe cómo organizar su vida sin trabajar.

Solo que aquí podemos añadir una complicación: seguir necesitando un sueldo.

Porque producir más con menos esfuerzo no garantiza que todos recibamos una parte del beneficio.

La imagen de una humanidad comiendo uvas mientras las máquinas trabajan es tentadora. Pero para llegar ahí hacen falta decisiones sobre propiedad, ingresos y reparto. La tecnología no decide eso por nosotros.

También podría haber unos pocos acumulando enormes beneficios y muchos preguntándonos en qué momento dejamos de tener sitio.

¿Qué hacemos con ese hueco?

Puede que necesitemos nuevas profesiones. También nuevas formas de reconocernos y de participar en sociedad.

Una cultura donde el trabajo ocupe otro lugar. Donde tener tiempo libre sea compatible con tener recursos. Donde perder utilidad económica no implique perder pertenencia.

Porque cuando digo «mi valor tiende a cero», estoy mezclando lo que pueden pagarme con todo lo que soy. Entender esa diferencia ayuda. Resolver la necesidad económica sigue siendo imprescindible.

Siento ilusión, miedo y curiosidad. Me aterra y me excita lo que estamos construyendo.

Me gustaría poder disfrutar de sus posibilidades sin tener que demostrar, a cada actualización, que todavía merezco un lugar.

¿Y tú? ¿En qué punto estás de esta transformación?