Hemos comprado un sistema que nos roba la vida.
Y encima le damos like.

Hemos construido un sistema extraordinario.

Millones de personas dedicadas a captar la atención de millones de personas.

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Siempre hay algo más.

La urgencia, el miedo a perderse algo y la necesidad de pertenecer se han convertido en herramientas comerciales.

Y nosotros somos el producto.

O peor todavía: somos consumidores y productores al mismo tiempo.

Pasamos horas pensando cómo llamar la atención de otros que, a su vez, están pensando cómo llamar la nuestra.

¿El retorno?

Un corazón.

Un pulgar hacia arriba.

Un número en Google Analytics.

A veces dinero. Muchas otras, absolutamente nada.

Zombis buscando cerebros

Por la mañana. En el baño. Durante el desayuno. En un descanso. Antes de dormir.

El teléfono aparece en nuestra mano casi sin que recordemos haberlo cogido.

Y cuando parecía que ya no podíamos consumir más contenido, llegaron las inteligencias artificiales.

Máquinas capaces de conversar indefinidamente con nosotros.

Una pregunta más. Una idea más. Un proyecto más.

Yo mismo puedo pasar horas hablando con una IA, desarrollando ideas que probablemente nunca verán la luz.

Y algunas son interesantes.

Pero ¿he calculado alguna vez el retorno de esa inversión?

No hablo de dinero.

Hablo de vida.

¿Cuántas horas de mi existencia estoy dispuesto a entregar a una pantalla para obtener algo que ni siquiera he definido?

La generación del «papá, mírame»

Hemos convertido la atención en una moneda.

Hasta para ser estoico necesitas una cuenta de Instagram donde demostrar lo estoico que eres.

Hasta para divulgar ciencia parece necesario cambiar de plano cada tres segundos, añadir música, generar tensión y prometer una revelación extraordinaria.

No basta con aprender.

Hay que entretenerse aprendiendo.

No basta con vivir.

Hay que demostrar que estás viviendo.

Y mientras tanto discutimos desde la distancia, nos enfrentamos por pertenecer a grupos diferentes y delegamos cada vez más interacciones en máquinas.

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos.

Eso no significa que estemos comunicándonos mejor.

Uno más y lo dejo

Lo sabemos.

Llevamos años hablando de la economía de la atención, de los mecanismos de recompensa y de cómo las plataformas compiten por nuestro tiempo.

Y seguimos ahí.

Un vídeo más.

Una conversación más.

Una última consulta.

Como quien abre la nevera sin tener hambre.

No necesitamos estar enganchados clínicamente para reconocer que algunos de nuestros hábitos se han vuelto automáticos.

Nuestro cerebro aprende de lo que repetimos. Y si lo acostumbramos a recompensas inmediatas, las actividades lentas pueden empezar a parecernos insoportables.

Leer un libro.

Pensar durante una hora.

Construir algo durante cinco años.

O simplemente aburrirnos.

Quizá esto también sea evolución

No tengo una bola de cristal.

No sé si estamos ante una transformación extraordinaria de la inteligencia humana o simplemente ante otra forma de adaptarnos a nuestro entorno.

Tampoco quiero idealizar el pasado.

Pero hay algo que sí puedo observar en mí mismo.

Existe una discordancia creciente entre mi naturaleza y mi día a día.

Las horas que paso lejos de las pantallas suelen sentirse más vívidas.

Aunque al principio les falte ese color artificial de la recompensa inmediata.

Y no estoy escribiendo esto como un padre que regaña a sus hijos.

Soy yo riñéndome a mí mismo.

Porque cada vez que cojo el móvil estoy tomando una pequeña decisión sobre dónde colocar mi atención.

No siempre es una mala decisión.

Pero muchas veces ni siquiera soy consciente de haberla tomado.

Y quizá ahí esté el verdadero problema.

No en las máquinas.

No en las redes.

Ni siquiera en los algoritmos.

Sino en haber construido un sistema donde nuestra atención tiene un precio, pero nuestro tiempo parece no tener valor.

Y ahora, por favor…

Dame like.

Sígueme.

Comparte.

Porque si no interactúas, el algoritmo probablemente no te mostrará esta idiotez la próxima vez.

Necesito que me mires.