Estaba viendo un documental sobre cooperación, evolución y teoría de juegos cuando apareció en mi cabeza una pregunta bastante absurda:
¿Cuál es el nivel óptimo de avaricia?
Porque cero probablemente no sea la respuesta.
Y eso me parece maravilloso.
El karma quizá existe
Pero no como fuerza sobrenatural.
No parece haber ningún contable cósmico apuntando nuestras buenas acciones para recompensarnos después.
Hay algo mucho más sencillo.
Vivimos rodeados de sistemas que recuerdan.
Si dos individuos se encuentran una sola vez, aprovecharse del otro puede ser rentable.
Pero si van a encontrarse mañana, la cosa cambia.
Y si van a convivir durante veinte años, cambia muchísimo.
Ahora importa la reputación.
La confianza.
La reciprocidad.
La memoria.
Aquí aparece una idea muy estudiada en teoría de juegos:
cooperar puede ser una estrategia egoístamente rentable.
No porque seas bueno.
Porque quieres seguir jugando.
Pero tampoco conviene ser demasiado bueno
Aquí viene la parte incómoda.
Cooperar no significa dejar que te exploten.
Si siempre das, siempre perdonas y siempre cedes, alguien puede descubrir rápidamente que eres un recurso estupendo.
Así que los extremos parecen problemáticos.
Si tomas demasiado poco, desapareces tú.
Si tomas demasiado, desaparece el sistema.
En algún punto intermedio debería existir una cantidad razonable de egoísmo.
Una especie de:
AVARICIA ÓPTIMA
Toma recursos.
Protege tus intereses.
Acumula seguridad.
Compite.
Di que no.
Pon límites.
Pero no destruyas aquello que permite que sigas prosperando.
El cáncer entendió mal esta regla
Una célula normal consume recursos y se reproduce.
Pero acepta ciertas restricciones porque pertenece a algo mayor.
El organismo.
Una célula cancerosa rompe ese acuerdo.
Crece.
Consume.
Se reproduce.
Desde su pequeña perspectiva celular, está teniendo un éxito espectacular.
Hasta que mata al organismo.
Y entonces muere ella también.
No hubo castigo.
No hubo karma.
No hubo justicia universal.
Simplemente destruyó el sistema del que dependía.
Quizá la variable importante sea otra
Puede que el problema no sea realmente cuánto quieres para ti.
Puede que sea hasta dónde eres capaz de mirar.
Si puedo talar un bosque, cobrar y marcharme, destruirlo puede parecer rentable.
Si mis hijos tienen que vivir allí durante cincuenta años, la ecuación cambia.
Si engaño a un cliente una vez, puedo ganar.
Si necesito que vuelva cien veces, necesito confianza.
Cuanto más largo es el horizonte temporal, más empiezan a parecerse dos cosas aparentemente opuestas:
mi interés
y
nuestro interés.
Quizá parte de nuestra moral nació precisamente ahí.
No robes.
Cumple tu palabra.
Devuelve los favores.
Ayuda a quien te ayuda.
Desconfía del aprovechado.
No hace falta imaginar únicamente grandes principios morales.
También podrían ser reglas extraordinariamente útiles para un primate que necesita desesperadamente a otros primates para sobrevivir.
Ser bueno tampoco significa ser idiota
Esto cambia bastante la idea de bondad.
Cooperar no es someterse.
Poner límites también protege la cooperación.
Expulsar al aprovechado protege al grupo.
Decir «hasta aquí» puede ser mucho más cooperativo que seguir cediendo.
Porque tolerar eternamente al explotador no protege la convivencia.
Protege al explotador.
Así que quizá nunca encontremos el porcentaje exacto de avaricia óptima.
Probablemente no exista un elegante:
17,3 % cabrón.
Pero sí podemos acercarnos bastante a una definición:
Maximiza tu bienestar sin destruir los sistemas que hacen posible tu bienestar futuro.
Cuida de ti.
Prospera.
Acumula cierta seguridad.
Defiende tus intereses.
Y recuerda que tu éxito ocurre dentro de algo más grande.
Una pareja.
Una familia.
Una empresa.
Una sociedad.
Un planeta.
El altruismo absoluto puede olvidar al individuo.
El egoísmo absoluto puede olvidar al sistema.
Y ambos se necesitan.
Quizá por eso el karma a veces parece funcionar.
No porque el universo sea justo.
Sino porque vivimos atrapados en enormes redes de dependencia, memoria y consecuencias.
Ser razonablemente bueno quizá no sea solamente una cuestión moral.
Puede ser también una estrategia extraordinariamente eficaz para sobrevivir.
Así que, después de toda esta fumada, creo que puedo resumir mi teoría económica, evolutiva y moral en dos líneas: