Quizá no necesitamos una sociedad de buenas personas.
Quizá basta con una sociedad que entienda cómo funciona el juego.
Durante mucho tiempo hemos explicado la desigualdad como una batalla moral.
El empresario codicioso.
El trabajador explotado.
El rico que debería compartir.
El pobre al que deberíamos proteger.
Buenos y malos.
Pero podemos quitar la moral de la ecuación por un momento.
Imagina que tienes muchísimo dinero.
Podrías intentar pagar lo mínimo posible. Reducir impuestos. Exprimir proveedores. Aumentar jornadas. Automatizar todo lo automatizable. Acumular cada vez más.
No necesariamente porque seas malo.
Simplemente porque puedes.
El problema aparece cuando todos hacen lo mismo.
Porque la persona cuyo salario reduces también es quien compra tus productos.
Quien no puede pagar una vivienda termina viviendo en tu ciudad.
Quien no tiene acceso a educación forma parte de la sociedad que te rodea.
Quien siente que el sistema nunca le permitirá progresar acaba teniendo pocos motivos para defenderlo.
Incluso desde el egoísmo existe un límite razonable para la avaricia.
No hace falta querer salvar al trabajador.
Te interesa que el trabajador quiera seguir jugando.
Pero la otra parte también resulta incómoda.
Si aceptamos durante décadas condiciones que consideramos inaceptables, seguimos comprando a empresas que criticamos, votamos sistemas que después despreciamos y esperamos que alguien venga a solucionar nuestros problemas, también estamos participando en el tablero.
Eso no significa que todos tengamos el mismo poder.
Claramente no lo tenemos.
Significa que tener menos poder no equivale a no tener ninguno.
Quizá hemos perdido demasiado tiempo buscando culpables.
Capitalismo o comunismo.
Empresarios o trabajadores.
Izquierda o derecha.
Cuando probablemente una sociedad funcional siempre ha sido gris.
El empresario necesita ganar dinero.
El trabajador necesita vivir dignamente.
El capital necesita incentivos.
La sociedad necesita límites.
Y todos necesitamos que mañana siga existiendo el tablero.
No porque seamos buenas personas.
Ni siquiera porque nos queramos especialmente.
Por algo bastante más sencillo:
nos interesa.
Una sociedad estable quizá comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto podemos quitarle al otro y empezamos a preguntarnos cuánto necesita el otro para seguir queriendo jugar con nosotros.
Porque puedes ganar una partida aplastando al adversario.
El problema aparece cuando descubres que no era tu adversario.
Era el otro jugador.
Todo es el mismo «Dilema del prisionero».
Haz el bien y no mires a quien.