Hay una idea incómoda que conviene recordar de vez en cuando: una sociedad dividida es mucho más fácil de movilizar.
No hace falta convencerte de un proyecto.
Basta con enseñarte un enemigo.
La política moderna parece haber entendido muy bien este mecanismo. Izquierda y derecha pueden tener ideas legítimamente diferentes sobre economía, inmigración, impuestos o derechos sociales. Eso forma parte de una democracia.
El problema empieza cuando dejamos de discutir ideas y empezamos a clasificar personas.
Facha. Rojo. Progre. Nazi. Madrilista. Catalán. Comunista. Tradicional.
Cada palabra simplifica una realidad compleja hasta convertir al otro en una caricatura. Y contra una caricatura es mucho más fácil luchar.
El mecanismo es antiguo.
Los seres humanos somos animales sociales. Necesitamos pertenecer. El grupo nos protege, nos da identidad y reduce la incertidumbre. Pero existe una forma muy rápida de fortalecer cualquier grupo: señalar a quienes están fuera.
Nosotros.
Ellos.
El odio político funciona casi como una fuente de financiación emocional. Produce atención, cohesión y movilización. Cuanto más enfadado estás, más participas. Más compartes. Más discutes. Más necesitas volver para comprobar qué ha hecho hoy el enemigo.
El problema es que todos vivimos en la misma sociedad.
El profesor de izquierdas enseña al hijo del votante de derechas.
El empresario conservador paga el salario de alguien progresista.
El médico que te atiende puede votar exactamente lo contrario que tú.
No existen dos Españas funcionando en servidores separados.
Hay una sola red.
Y cada vez que deterioramos la confianza entre sus nodos, el sistema entero funciona un poco peor.
Eso no significa eliminar las diferencias. Una sociedad sin conflicto político no sería necesariamente más sana. El desacuerdo es útil. Permite corregir errores, equilibrar intereses y observar problemas desde lugares distintos.
Derecha e izquierda pueden aportar preguntas diferentes.
Una puede preguntar cuánto cuesta.
La otra, quién se queda fuera.
Una puede defender la estabilidad.
La otra, exigir el cambio.
Quizá el error sea pensar que una debe destruir a la otra.
En cualquier sistema complejo, eliminar toda diversidad suele hacerlo más frágil.
Una sociedad también.
La pregunta importante quizá no sea quién gana la próxima discusión.
Sino cuánto estamos dispuestos a romper para sentir que nuestra tribu tenía razón.
Porque cuando una sociedad deja de colaborar, alguien obtiene beneficios.
Pero rara vez son quienes están dentro de ella.
Y hablando de cosas serias…
¿En la final del Mundial, con quién vas?