Hablamos de progreso.
De modernidad.
De tecnología.
De logros civilizatorios.
Pero basta mirar un poco alrededor para que aparezca una sospecha incómoda: quizá no hemos avanzado tanto como nos gusta creer.
El decorado ha cambiado.
Los instintos no.
Roma llenaba anfiteatros para ver hombres destrozarse entre sí. Nosotros llenamos estadios, pagamos eventos de MMA o seguimos guerras retransmitidas como si fueran series por capítulos. Ellos tenían carreras de cuadrigas. Nosotros coches capaces de atravesar un país en pocas horas. Ellos gritaban en las gradas. Nosotros gritamos en redes.
La maquinaria emocional es la misma.
Solo ha cambiado la tecnología que la amplifica.
Nos gusta pensar que somos una especie racional, que hemos superado la barbarie de nuestros antepasados. Sin embargo, seguimos practicando la guerra con una regularidad casi geológica. Seguimos delegando nuestra responsabilidad en dioses, ideologías, mercados o líderes. Seguimos siendo extraordinariamente vulnerables al miedo, al deseo, a la tribu y a la jerarquía.
El cerebro que llevamos dentro no nació en ciudades ni en universidades. Nació en pequeños grupos que competían por recursos en un paisaje hostil. Ese sistema nervioso sigue ahí, intacto, intentando gestionar un planeta hiperconectado, economías abstractas y armamento nuclear.
No es extraño que algo chirríe.
La modernidad prometía otra cosa. Durante siglos se creyó que más ciencia significaría más racionalidad, y que más racionalidad conduciría inevitablemente a más humanidad. La historia reciente ha demostrado que esa ecuación no funciona. El siglo más científico de nuestra historia también fue el más destructivo.
La tecnología no nos transforma.
Solo amplifica lo que somos.
Por eso aparece una incomodidad difícil de nombrar. Criticamos el consumismo desde televisores OLED, rodeados de sonido envolvente y aire acondicionado. Denunciamos el despilfarro mientras elegimos qué smartphone es ligeramente mejor que el anterior. Criticamos a los políticos con una pasión feroz, pero rara vez estamos dispuestos a mover un dedo para cambiar las estructuras que los producen.
La contradicción no es un fallo individual. Es estructural.
Vivimos dentro de sistemas complejos que nos permiten ver sus defectos sin ofrecernos una salida sencilla. Participamos en lo que criticamos porque abandonar completamente el sistema sería equivalente a desaparecer de la sociedad.
A esto se suma un problema más profundo: el de los valores.
Durante siglos, Occidente sostuvo su moral sobre una base trascendente. El bien y el mal no eran solo preferencias humanas; estaban anclados en un orden superior. Pero la modernidad desmontó gran parte de esa metafísica. La ciencia desplazó a Dios del centro del universo y, con ello, erosionó también el fundamento último de muchos valores.
Sin embargo, los valores se quedaron.
Seguimos defendiendo la dignidad humana, la igualdad, la compasión o la paz, aunque ya no estemos seguros de qué los sostiene. Nietzsche vio este problema con una claridad brutal: Occidente había matado a Dios, pero seguía viviendo como si su moral continuara intacta.
De ahí nace el vértigo.
Si la trascendencia no existe, si la vida es simplemente este breve episodio biológico en un planeta ordinario, ¿por qué deberíamos comportarnos bien? ¿Por qué no abrazar simplemente la violencia, la dominación o el interés propio?
Es una pregunta incómoda, pero inevitable.
La respuesta más honesta quizá no sea religiosa ni idealista. Tal vez la moral no sea una verdad eterna, sino una herramienta evolutiva. Las sociedades que cooperan funcionan mejor que las que viven en guerra permanente. La confianza reduce el coste de vivir juntos. La violencia constante destruye los sistemas que permiten prosperar.
La ética podría ser, en el fondo, una tecnología social.
Nada sagrado.
Pero profundamente funcional.
Aun así, la tensión permanece. Porque el ser humano es una criatura extraña: capaz de matemáticas, música y telescopios… y al mismo tiempo de genocidio, crueldad y estupidez colectiva.
Podemos tocar el cielo y, minutos después, arrastrarnos por el barro.
Tal vez la verdadera modernidad no consista en creer que hemos superado nuestra naturaleza, sino en reconocer que seguimos habitándola. Que dentro del mismo cerebro conviven el primate territorial y la conciencia capaz de observarlo.
Y que la civilización no es la desaparición de nuestros instintos.
Es el frágil intento de mantenerlos a raya.
Mientras tanto seguimos aquí, en este extraño circo romano versión 2.0, intentando convencernos de que el espectáculo significa progreso.
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