Hace quinientos años Hieronymus Bosch pintó un cuadro extraño.
En él aparecía el ser humano atrapado en un círculo de impulsos repetidos:
soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza.
Los pecados capitales nunca desaparecieron. Solo aprendieron marketing.
En aquella época se entendían como fallos morales del individuo.
Debilidades espirituales que había que vigilar.
Pero si uno observa el mundo actual ocurre algo curioso.
Los pecados no han desaparecido.
Han cambiado de nombre.
La soberbia ya no se presenta como arrogancia.
Hoy se llama marca personal.
El cuerpo perfecto, el perfil cuidadosamente editado, la identidad digital que se alimenta de likes y validación externa.
No es orgullo.
Es branding.
La avaricia tampoco se llama avaricia.
Se llama ambición, mentalidad de tiburón, crecimiento.
Monetizar cada hobby.
Optimizar cada minuto.
Convertir la vida en una estrategia de acumulación.
Nunca es suficiente.
Porque el sistema no recompensa la estabilidad.
Recompensa seguir creciendo.
La envidia encontró su ecosistema ideal.
Las redes sociales.
Un escenario donde millones de personas observan vidas editadas mientras comparan su propia existencia con una versión imposible.
Hoy no se llama envidia.
Se llama FOMO.
La ira tampoco desapareció.
Simplemente se volvió viral.
Indignación constante, guerras culturales, bandos enfrentados.
El enemigo digital se ha convertido en una fuente de identidad.
No importa resolver problemas.
Importa tener razón.
La lujuria se volvió infinita.
La tecnología convirtió el deseo en un flujo continuo de estímulos rápidos y baratos.
Conexiones inmediatas.
Satisfacción instantánea.
Cada vez más acceso.
Cada vez menos intimidad.
La gula dejó de ser solo comer demasiado.
Ahora es consumir demasiado.
Comida ultraprocesada.
Compras impulsivas.
Entretenimiento inagotable.
Un entorno diseñado para que nunca estemos del todo satisfechos.
Y la pereza tampoco desapareció.
Se transformó en algo más elegante.
Procrastinación informada.
Consumir contenido sobre cómo mejorar la vida…
sin llegar nunca a vivirla.
Lo interesante es que antes estos impulsos se entendían como tentaciones personales.
Hoy forman parte de la arquitectura económica y tecnológica de la sociedad.
Nuestros impulsos ya no solo existen.
Se analizan, optimizan y monetizan.
Como si el ser humano hubiese pasado de animal salvaje…
a animal de laboratorio.
Esto no es un sermón moral.
El ser humano siempre ha sido así.
El Bosco ya lo sabía hace quinientos años.
La diferencia es que hoy tenemos tecnología suficiente para amplificar cada impulso hasta el infinito.
La pregunta no es si debemos eliminar esos pecados.
Eso sería imposible.
La pregunta es cuánto espacio queremos darles en nuestra vida.
Porque al final, aunque el sistema empuje en una dirección…
cada uno sigue tomando decisiones pequeñas todos los días.
Y ahí, en esas decisiones mínimas, es donde se construye algo parecido al sentido.
Aunque para algunos ese sentido sea simplemente una hamburguesa perfecta en una tarde cualquiera.
Y tampoco pasa nada.
Después de todo,
la trascendencia también puede ser absurda.
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